Rosa Jiménez: una escalera hacia la política invisible (I)


Entrevista a Rosa Jiménez, impulsora de el proyecto La Escalera, que trata de fomentar las relaciones entre las comunidades de vecinos mediante el apoyo mutuo en las tareas cotidianas

El objetivo de Ciudadano Político es explorar esas formas de hacer política que se sitúan en la periferia, alejada de los lugares centrales que ocupan los partidos políticos y las instituciones. Buscamos dar espacio a las prácticas políticas asocidas generalmente al activismo. En esta entrevista abordamos la política desde otra perspectiva, la de lo visible. Tanto la politica institucional como la activista se caracterizan por desarrollarse en la esfera pública, donde más allá de su posición se encuentran a la vista del resto de la sociedad. Sin embargo, hay otra capa que no se ve, porque tiene lugar en esferas más privadas, más íntimas. Charlamos con Rosa Jiménez, sobre estás practicas políticas invisibles basadas en los cuidados y el apoyo mutuo, alejadas de todos los focos. En esta primera parte de la entrevista repensamos una definición de activismo más amplia e incluyente, y nos cuenta cómo se gestó y de qué se trata La Escalera.


Lo primero, por favor, un par de líneas sobre usted. ¿Quién es y qué hace?

Bueno pues yo hace cuatro años fue cuando me metí en el ámbito de los cuidados. Me hice primero técnica socio-sanitaria, luego auxiliar de enfermería, luego hice formación en acompañamiento terapéutico en salud mental, que es un enfoque comunitario en el que trabajas en la cotidianidad del paciente, y en la medida de lo posible con su red familiar, su red social, su neurólogo, su psiquiatra, su psicólogo y todo lo que te dejen, básicamente. Cuando se me acabó uno de los trabajos, de acompañamiento terapéutico con una señora porque la metieron en una residencia, fue cuando me puse con la Escalera. Desde entonces, estoy haciendo tareas de diseño y formulación de proyectos de intervención social o comunitaria, y también de coordinación. Desde que estoy en Andecha, también como técnica comunitaria pero viniendo desde ese otro lado, de la atención directa en el ámbito de los cuidados.

 

Qué es un activista, ¿se considera uno/a?

Es un tema que para mí tiene muchas caras posibles. A mí me parece que algunas de las prácticas que he conocido o de las que he formado parte a partir de la Escalera, y también de las prácticas que me llevaron a diseñarla no se consideran activismo. Las personas que forman parte de esas prácticas, o que las ejecutan tampoco se consideran a sí mismas activistas. Una comunidad de vecinos en la que parte de los vecinos que la habitan se organizan para limpiar la escalera o para compartir recursos -lavadora, taladro, etc-, para atender las situaciones de vulnerabilidad que surgen en su comunidad, para mí tiene una carga política brutal pero no son consideradas activismo. Creo que esto tiene que ver con que la Escalera no es un espacio que forme parte de la vida pública, y, por lo tanto, tampoco de la vida política, o de lo que entendemos por hacer política. Esto guarda relación con el hecho de que este proyecto esté en el apartado de [acciones] micropolíticas.

En la medida en que el término activismo tiene una vinculación directa con lo que se considera vida pública y acción política, tengo muchos problemas para definir el término ‘activista’ o para definirme a mí misma como activista. Sabemos que todo lo que tiene que ver con los cuidados, las tareas emocionales, la atención a la vulnerabilidad, todo esto, no se considera hacer política, están invisibilizados y no forman parte de la vida pública. Y es ahí donde yo me ubico en lo personal, y también en lo profesional en los últimos años. Entonces, no tendría ningún problema, quizás, en denominarme activista o en considerar que parte de lo que he estado haciendo estos años y de lo que la gente con la que me he cruzado está haciendo también en las escaleras es activismo si complejizaramos el término. Pero creo que no lo solemos hacer.

 

Se suele convertir en una etiqueta de militancia y de identidad. Mucha gente se empeña en diferenciar lo que es activista y lo que no…

Rosa Jiménez, impulsora del proyecto la Escalera.

Y recoge muchas desigualdades, tanto personales como de tareas y ámbitos. Si nos ajustamos a lo que se suele considerar activista, tampoco es lo mismo una activista de las invisibles de la PAH que un activismo de los que se ubican en ámbitos más relacionados con el poder institucional, al menos en esta última legislatura en Madrid. O el tema de la participación. Por qué no consideramos participación política o militante -si es que ese término existiera- a las prácticas que se dan en un proyecto como la Escalera. Y como la Escalera se ubica ahí, en ese espacio de lo doméstico, de lo invisible, de lo reproductivo, y de los cuidados a fin de cuentas, tengo mis reservas. Creo que son reservas que a poco que uno se detenga a analizar el término y cómo se usa son cuestiones casi objetivas, en la medida en que algo puede ser objetivo. Cuando uno piensa en qué es un activista piensa en una persona que ocupa un espacio de visibilidad e influencia. Y éstas son una grandísima muestra de desigualdades acumuladas de todo tipo en lo que se refiere a poder ocupar esos espacios o no. Para mí, la persona o el conjunto de personas que permite que alguien ocupe ese espacio de visibilidad e influencia están, desde luego, haciendo activismo. Si es que el activismo es tener una visión más abierta y pensar en lo social y en la vida pública para beneficiar a otros. Si es así, pues claro que sí, pero no se suele usar así. Entonces, no sería una de lo que yo visualizo que es una persona activista.

 

Teniendo en cuenta lo dicho hasta ahora, sobre la dificultad para definir al activismo y lo que es ser un activista, ¿nos puedes describir tu parte activista o, dicho de otra manera, cómo haces política?

Pues cuando trabajaba de taquillera en un cine había un hombre que venía a absolutamente todas las películas que se estrenaban en aquel cine y también a las de los cines de alrededor. Era un tipo que tenía esquizofrenia y que vivía en un piso tutelado. Creo que la relación, prácticamente semanal, con él la llevaría a hacer política y hacer activismo. Es algo que ocurrió hace unos cuantos años antes de la Escalera. Otra cuestión relacionada con el activismo es si es activismo cuando una persona cobra por ello. Hay muchos flecos en cuanto al término activismo que salen si se pone uno a analizarlo. En la Escalera se persigue un beneficio común, no ha cobrado en ningún momento por nada, ni por el material dado a las comunidades que han participado, pero durante siete meses ha tenido financiación.

Cuando se acabó esa financiación el 31 de marzo de este año -de 2017- he seguido trabajando en la Escalera en unos niveles de precariedad ya absolutamente insostenibles, hasta el punto de tener un mecenas. Si un amigo mío no me hubiera prestado dinero durante determinados meses habría tenido que abandonar la Escalera, meterme a una jornada completa de cualquier tipo y aquello no habría tirado porque ese era el nivel. No puedo pagar la habitación que tengo alquilada si no tengo ayuda y no puedo seguir dedicándome a que la Escalera avance. Esto ha sido así hasta octubre, que la Escalera ha encontrado otras vías de financiación y otras formas de formularse. Luego hablaremos de eso, porque ha cambiado la temática o el formato de la Escalera.

Mi forma de hacer política siempre ha estado relacionada con los cuidados.

 

¿Nos puedes contar en qué consiste el proyecto de la Escalera?

Si, se puede definir en dos fases. La Escalera surge el año pasado. Presenté el proyecto de la Escalera en julio de 2016, lo aprueban, y da comienzo en septiembre para extenderse hasta el 31 de marzo. En esa fase, la Escalera es un proyecto de investigación de acción participativa.

 

Con financiación del Área de Participación del Ayuntamiento de Madrid.

Eso es. Y mediado por Medialab-Prado, es decir, que lo acoge Medialab. En aquel entonces ni siquiera era la Escalera, era un proyecto que quería analizar las relaciones que se dan en entornos de proximidad en los que no media la afinidad. Ese era el criterio. Estaba la escala de la comunidad de vecinos y la escala del barrio. La escala de la comunidad de vecinos es la que terminó por convertirse en la Escalera, que era un nombre que cada vez que lo decía aclaraba que era un nombre provisional pero luego se quedó.

La Escalera surge de la extraña sensación de que habitamos las comunidades de vecinos como si no fueran espacios comunes. No es una cosa que tenga que ver, como ha salido muchas veces en los medios, que no conocemos por nombre y apellidos a los vecinos o que no somos amigos de los vecinos, sino con lo que significa estar en un espacio común. Estamos ahora mismo en una cafetería que es común, y hay un montón de cuestiones que regulan nuestra forma de estar aquí -formales e informales-. Sin embargo, en la comunidad de vecinos cuando tienes un problema con los ruidos del vecino no tienes más recurso que darle golpes a la pared.

¡Cómo tenemos tan desangelado y abandonado este espacio! Que, por otro lado, es un espacio que yo he conocido de una forma totalmente diferente, porque yo he sido una niña de escalera. Mis padres pasaban mucho tiempo fuera de casa y he pasado mucho tiempo con mis vecinas. Además mi comunidad, en la que viví en Sevilla hasta los 18 años era una comunidad muy pobre de recursos muy bajos, en un barrio muy obrero, enfrente de una fábrica. Mi habitación daba literalmente a la fábrica Bordas, que menos mal que ya hace años que la quitaron y lo convirtieron en pisos.

Está comunidad se organizaba para limpiar la escalera de una forma casi orgánica. Si no tienes en determinada consideración las tareas que estás haciendo y no les concedes determinado nivel de seriedad, sucede casi orgánico. No hay una conciencia de “somos una comunidad que se está autoorganizando y que está caminando hacia la autonomía”. No hace falta, y no se da, también porque son entornos en los que no se sabe nada del cooperativismo. Yo me he enterado de lo que es una cooperativa hace no tantísimos años. En mi entorno previo, yo no sabía que había estas otras formas de organizarse en lo laboral.

 

Es algo que suele pasar habitualmente. La gente empieza a moverse y organizarse, y luego se piensa en una determinada etiqueta que le encaja a esa acción.

Si claro, te enteras de que eso tenía un nombre. Esta comunidad lo hacía así, había dos viviendas que no participaban de la limpieza de la escalera. ¿Por qué? Porque eran señoras muy mayores y ya está, no hay más que hablar. Entonces, habiéndome criado ahí y habiéndome venido luego a Madrid, no habiendo entablado ninguna relación con ningún vecino o vecina, y, sobre todo, habiéndome sorprendido de cuántos esfuerzos y prácticas extrañas llevamos a cabo para habitar ese espacio como si nadie más vivera con nosotros; ante esa extrañeza e incomodidad se plantea la Escalera. También muy marcada porque estaba participando en un grupo de investigación de Medialab justo antes de que saliera la Escalera en torno a los cuidados. En aquel grupo hubo un día que vino una de las participantes muy cabreada por una de estas noticias de que un abuelo o abuela ha muerto y se ha descubierto el cadaver en la casa dos semanas después, y todos de repente decimos “pero cómo ha pasado esto”. Estábamos debatiendo de imaginarios del cuidado y de cosas así muy teóricas, y ella llegó diciendo “mira, a mí lo que me preocupa es que todavía estemos en estas, que todavía esta semana me haya llegado una noticia así. Creo que habría que responsabilizar legalmente a las personas que ocupen la presidencia de comunidad de lo que allí sucede”.

 

La experiencia y la práctica se imponen a la teoría…

Claro. A mí aquello me dio un meneo en la cabeza tremendo. Me trajo mi escalera de crianza, estas experiencias extrañas e incómodas que venía teniendo en Madrid desde el 2000. Ahí está toda esa cotidianidad que te indica lo que te indica y salí de esa reunión dándole muchísimas vueltas al tema, y acabé en lugar de “¿qué se le puede pedir a la presidencia de una comunidad?” en “¿qué se le puede pedir a una comunidad”. Creo que de esta pregunta, honesta además, porque no lo se, vamos a hacer un experimento a ver qué sucede, salió la Escalera. Nace como dispositivo destinado a, primero, provocar una reflexión; segundo, provocar un extrañamiento o una incomodidad ante esas prácticas tuyas de apretar el paso para subir sola en el ascensor, que te preguntes por qué. No quiere decir que no vayas a seguir haciéndolo, porque son muchos los factores que afectan a que estés deseando llegar a tu casa y nada más te afecte. Es ridículo pensar que eso hay que evitarlo. Aparte de provocar esa reflexión y esa incomodidad, pretendía mover un poco a la acción, empujar un poco a abrir espacios de encuentro, participación y diálogo y de relaciones de apoyo mutuo. Lo deseable es que ese espacio de encuentro que no estábamos mirando, porque existir existe, se llene de prácticas que hagan de la comunidad un espacio más vivible, amigable, interdependiente, cooperativo, solidario, etc.

Cartel de la Escalera.

Entonces, surge como dispositivo de intervención en las comunidades de vecinos, con un cartelito y con cuatro pegatinas prediseñadas. El cartelito te plantea que “Si la vida es un problema en común, por qué no lo resolvemos en comunidad” y te da unas instrucciones de uso con esas pegatinas. Las pegatinas dicen “comparto wifi”, “te subo las bolsas de la compra”, “te riego las plantas”, o “te invito a un café” y luego hay pegatinas en blanco para que cada vecina escriba lo que quiera. La idea es mover ese material por redes, hacer una llamada a la participación, acompañarlo de un textito de lo que son “las niñas de la escalera”, lo que pretendíamos hacer con aquello, y esperar a que nos contactara gente. Nuestra intención era llegar a cinco comunidades en aquel entonces y acabamos llegando a 30 porque aquello se volvió muy loco. Publiqué lo que acabo de comentar en mi cuenta personal de Facebook, sinceramente, porque me daba cosa utilizar las cuentas oficiales de la Escalera, que ya existían, pero era como “vamos a tantear primero a ver que pasa con esto” y en 24 horas me estaba llamando Verne de El País. Sólo de moverlo desde la cuenta de Rosa Jiménez, que era una cuenta familiar. Había gente escribiendo desde Australia preguntando que si teníamos los materiales en inglés y no habían pasado ni 24 horas desde que había publicado aquello. Ese día estaba sudando en el sofá mirando Facebook, viendo como ese post se movía y se viralizaba. Fue literalmente así, y ha sido así todo el rato con la Escalera. Lo que hacíamos era responder a las llamadas…

 

¿Cuánta gente componíais el proyecto?

He cambiado al plural porque ya eramos dos. Esto empieza con una, que soy yo, porque empieza como proyecto personal cuando participo en el grupo de investigación de Medialab y surge la idea. Tengo un primer borrador de 2015, y un año después cuando dejo de trabajar con esta mujer con la que trabajaba pensé en recuperar la Escalera para ver qué pasaba. Le doy forma y se me ocurre que ese experimento que yo quería hacer iba a ser bastante más rico si metía a alguien del lado de la investigación social que sistematizase aquello. Así, luego sería más fácil que fuera escalable o replicable lo que haces. Contacto con Carlos López Carrasco de la cooperativa Indaga, y el proyecto durante esos primeros meses lo manejamos él y yo. Él tarda un poquito más en incorporarse porque estaba fuera. Se incorpora en diciembre, ya a efectos presenciales al proyecto. Luego se sumaron las de Andecha, que ya llegaremos ahí.

Lo que hacíamos Carlos y yo era recibir por rrss, email o teléfono un “oye me gustaría montar la Escalera en mi comunidad, cuéntame como va esto”, quedábamos, nos tomábamos un café, respondíamos a muchas preguntas, a otras no, porque se trataba de acordar ahí de forma conjunta lo que íbamos a hacer. Por ejemplo, mucha gente preguntaba si había que pedir autorización a la presidencia de comunidad. Nosotros habíamos tenido cuidado de que la propuesta fuera cien por cien inofensiva, hasta de tener cuidado de cosas como no dejar manchas con las pegatinas en los buzones, es decir, buscar un adhesivo removible que no dejara mancha, para que no pasase esto que ocurre tan a menudo del cuidado de la estética y de lo diáfano.

 

En la web hasta recomendáis utilizar un algodón y alcohol para no dejar mancha.

Efectivamente. Es que esto era un temón. Hubo unos meses previos de entrevistas a presidentes de comunidad, vecinas y vecinos, administradores de fincas y conserjes y lo que nos decían era que si nos ocurriera dejar huella. Una de las preguntas más típicas era la de si había que pedir permiso a la presidencia de la comunidad para hacer esto. Nuestra respuesta era que como se sintieran más cómodas. Si informando se quedaban más tranquilas, nos ofrecíamos a acompañarlas si así se sentían más seguras. Si no, pues no. Yo lo que decía es que no es necesario.

Montábamos los materiales de forma absolutamente artesanal (cajitas de metacrilato, recortarlas, ponerle cinta de doble cara transparente para que no deje huella), y lo colocábamos al lado de los buzones. En algún caso fueron más de uno de la misma comunidad que se habían puesto de acuerdo en hacerlo en su comunidad -en tres fue así- pero en las otras 27 no. Le pedíamos a esa persona que rellenase una pegatina manuscrita, que lo colocalara, y a partir de ahí ya veíamos lo que hacíamos. Veíamos si tenía ganas de convocar una reunión o no, si se atrevía a llamar a la puerta de las personas que han puesto pegatinas, si prefería meter una notita en el buzón. Ibamos recopilando las salidas de inventiva que tenía cada cual en este tipo de situaciones. También les pusimos en común entre ellos en una lista de correo para que compartieran sus frustaciones y alegrías. El mayor grado de conflicto fue el de alguien que siempre con nocturnidad y alevosía arrancaba el cartel. Le preguntábamos a la vecina si quería volver a ponerlo, poniéndose en esa situación. En caso de volver a ponerlo, acompañarlo de una notita explicándolo. Siempre intentábamos recopilar cada caso y ponerlas en común.

Así llegamos a las 30 comunidades y de hecho tuvimos que parar. Dejamos de asumir más comunidades. Le dijimos a la gente que tirasen del kit de “hazlo tú misma”. Esto no estaba en el plan inicial. Cuando a las 24 horas pasó lo de Verne, con la viralización e interés que estaba despertando, pensamos en sacar un kit de edición barata para que cualquiera se lo imprima y lo haga por su cuenta y hacer un pequeño tutorial en el que vayamos incorporando todo lo que vayamos aprendiendo a partir de las otras experiencias acompañadas. A partir de ahí, remitíamos al kit y manteníamos un contacto no presencial porque no podíamos asumirlo. Habíamos pensado un proyecto para trabajar con cinco comunidades en los que hacer un trabajo lento, invisible, en el que nadie iba a reparar, y de repente teníamos más trabajo con los medios que con las comunidades. Carlos le echaba media jornada y yo una jornada completa, pero mi jornada era de doce horas durante unos cuantos meses. Había petado y no podía abandonarlo pero tampoco estaba pensado para ser así. Fue complicado. 30 comunidades en marcha, el añadido del trabajo con los medios, y el añadido de todo tipo de instituciones y organizaciones de lo público y lo social interesándose por el proyecto, que también exigía una dedicación. Si te escribe la Universidad de Minnesota diciendo que quiere escribir sobre tu proyecto para innovación social… Imagínate que en Minnesota empiezan a hacer escaleras, pues sería estupendo.

Nos encontramos con que el proyecto era mucho mayor de lo que habíamos pensado y tenía muchos trajes que ponerse. De toda esta gente que nos contactaba pues había, por ejemplo grupos de consumo. ¿Qué supondría organizar grupos de consumo a través de la proximidad y no de la afinidad? Pues, para empezar, que gente que se queda normalmente fuera de este tipo de iniciativas tienen la posibilidad de incorporarse, porque no tiene que encontrarse contigo en el centro social al que tú vas. Sencillamente vive donde tú vives y, a lo mejor, si los tablones de anuncios fueran abiertos en las comunidades y tu pones un anuncio de tu grupo de consumo, de repente hay una comunidad haciendo la compra juntos. Una comunidad que no esta mediada por la afinidad, si no por el compartir un espacio, y unas preocupaciones y objetivos comunes. También guifinet, para pensar en tener una antena comunitaria, pasando por la investigación académica, que no hay sobre la pura unidad de la comunidad de vecinas y vecinos. Por supuesto, instituciones públicas, más enfocadas en la convivencia o en la participación. Entonces era como: “vamos a pensar en qué se puede hacer con todo esto”. Al mismo tiempo intentábamos sostener todo lo que ya se había abierto de la parte de procesos activos en comunidades. Todo esto Carlitos y yo.

Llegó un momento en el que vimos que la Escalera podía tener no uno, sino varios caminos, y nosotros un lugar más sostenible que el que habíamos tenido hasta entonces. Vimos también que de esas 30 comunidades que teníamos, había algunas que estaban super activas, porque en esa comunidad había un grupo de personas con los recursos y las capacidades para hacer de grupo motor, y otras comunidades estaban muy paradas, se habían quedado solamente con la nota de color de los buzones, que para mí no es poco, pero que ahí estaba.

 

¿No se había producido ningún tipo de interacción entre los vecinos y las vecinas?

Directa no. La Escalera también tiene esa otra cosa de no ser tampoco muy cuantificable. No sabes muy bien como medir determinadas cosas, pero algunas se pueden medir y las hemos medido. A mí me parece que ser una persona con un problema de movilidad reducida y vivir en un portal en el que hayas entablado esa interacción directa o no, a partir de la Escalera, y tus vecinos tienen puestos en los buzones que te suben las bolsas de la compra, necesariamente te tiene que afectar y cambiar tu forma de estar ahí. No quiere decir que dé tranquilidad, porque esa pegatina tampoco quiere decir que esté cubierta, pero algo hace por cambiar ese ecosistema.

 

Esas personas serán más proclives a ayudar a otras en lo que puedan.

Yo creo que sí. Que les resultará más fácil tanto pedir ayuda como  que se le venga a la cabeza qué puede ofrecerle también. El hecho es que había una diferencia muy grande de unas comunidades a otras. Hay comunidades en las que se ha llegado a compartir lavadora, se ha aumentado el número de personas de una dinámica puesta en marcha ya, que eran los tuppers colectivos. Hay comunidades supercañeras y hay otras que se han quedado en las pegatinas. Lo que veíamos era que para que la Escalera fuera más sostenible lo que no podía ser es que dos personas estuvieran detrás de 30 comunidades.


En este enlace podéis leer la segunda parte de la conversación con Rosa Jiménez.

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